10 Patrimonio agrícola mundial esperanzas; de las largas esperas patagónicas; de las cartas, de las cartas, de las cartas. La cocina de los temores nocturnos cuando los coo –unas lechuzas de la brujería- nos dejaban los pelos de punta cada vez que se aposentaban en las arboledas de las huertas gritando su presencia. Los espantamos con tizones y quemantes improperios. Aquí, en la cocina, nos sorprendió el Mundial del 62 . Nos asustó la Tercera Oreja y el Doctor Mortis . Aprendimos a escuchar, al mediodía, los Mensajes de la radio Chiloé , desde principios de la década del 60. El Puerto Libre vino tras el terremoto y operaba con franquicias aduaneras para Chiloé. Así se introdujo el transistor a nuestros hogares. Recuerdo la expresión de mi abuela, ya en la década del 70, cuando el primer televisor ANTÚ, en blanco y negro, ingresó a su cocina. En esa pantalla vi, una noche invernal, cómo un petrolero había encallado en Guamblín, la isla donde ella aseguraba que el pirata Cambiazo había enterrado la fortuna lograda en Punta Arenas, bajo el único árbol de la isla que, al parecer, ya había sido derribado por los tiempos. La cocina resguarda las más íntimas tradiciones familiares. Se refugia la Noche de San Juan , la magia del ‘huetripantu’ mapuche, ritualizando el solsticio invernal o al santo de caballería. Es la noche cuando el futuro puede ser tanteado y es espacio para encuentros vecinales, con carnes de chancho ahumadas, con chicha de manzana y la bola del tropom de chuño bailando en el brasero de cancagua. El carneo del chancho y su ‘reitimiento’ se hace en el fogón. Allí se destazan las cebadas bestias y sus trozos se hacen desaparecer, como el más perfecto crimen porcino, en los hirvientes calderos con manteca. Al final aparecen chicharrones, carnes cocidas, sopaipillas, roscas, milcaos y al fondo, el concho, los apetitosos yides para untar las capas del tropom , la chuchoca o para la masa de las tortillas de papas llamadas ‘blandos’ y ‘cemas’ . Todos estos alimentos se comen en nuestras cocinas y en las de una docena de vecinos que terminan compartiendo el festín, a través del ‘yoco’. Hasta la cocina de Calen llegábamos con nuestros ‘quimpes’ o canastos repletos de cangrejos. Los recogíamos en noches de plenilunio cuando los bajamares son tan grandes como la luna: los ‘pilcanes’ de agosto. Bajábamos con mi padre a cangrejear con nuestros faroles titilantes y más tarde con las lámparas petromax que le quitaban luminosidad a la luna. Sobre la estufa esperaban grandes ollas y a nuestras vistas los crustáceos se volvían anaranjados y la estancia adquiría un sabor que sólo el recuerdo logra sintetizar estéticamente. Es la cocina de los picaflores atrapados que entran a anunciar una importante visita si es que antes no ha caído una cuchara o un tenedor adelantando el augurio. Desde afuera picotea o se estrella el ‘huilco’ , el diucón de ojos colorados, temido por la gente. Alguien, en los tiempos, divulgó unos versos acusadores: “Ojos colorados Mató a su mujer Creyendo que era carne Se la quiso comer” Atrapa mitos es la cocina. Aquí reposan los cazadores de sueños, los chilotes. Dentro de estas paredes escuché las primeras historias deletreadas de mi infancia. El mundo de afuera aparecía incierto para la gente. Estábamos indefensos, a expensas de barcos fantasmas, si navegábamos. De traucos y adefesios singulares si atravesábamos el bosque; incluso las playas y los alrededores de nuestros hogares estaban sitiados por estos extraordinarios personajes. Las noches, las neblinas, la soledad, los ambientan. La misma cocina donde se transan los negocios y se hacen los trueques. Donde celebran sus santos invernales los Juanes, Luises y las Cármenes, a mediados de julio. Nombres más que apellidos resuenan en una vecindad donde la endogamia confunde a los Bahamonde en Dalcahue, a los Andrade en Chonchi, o a los Peranchiguay en Teuquelín.

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