1 1 La mesa de los naipes para jugar a la escoba o al truco, con cartas españolas. ‘¡Flor y truco!’ gritan como si todavía llevaran olor a estancia patagónica. Chicha y verso en la cocina. Allí, sobre la falda de los abuelos jugábamos al Pimpirigallo Monta a caballo Con las espuelas De tu tocayo Y marchamos las primeras canciones del Mambrú que se fue a la guerra y que no sé cuándo vendrá. O los cuentos de Pedro Urdemales engañando a huasos y gente rica del campo. Las adivinanzas también entraban a las cocinas: Para bailar me pongo la capa Porque sin capa no puedo bailar Para bailar me saco la capa Porque con capa no puedo bailar Pero ‘¡váyanse al patio a jugar con sus mentiras de trompos!’ , nos chillaba la abuela cuando empezábamos a vestir con la guaraca a nuestros bailarines de ‘chinchín’ , la madera más bramadora del planeta. Primero el violín y después la bulliciosa acordeón llenó de música nuestras cocinas alegrando sus oquedades. Instrumentos de la fiesta, del día sudoroso de la minga, con sus risas, esfuerzos y ambientes lúdicos. Cocina del silencio y del recogimiento; de la oración, el recuerdo y la emoción devocional. Espacio desde donde se ha ido moldeando la idiosincrasia del pueblo chilote y uno de sus fundamentos: la comida. Sigue siendo la cocina matriz de nuestras casas. Los cambios que experimenta nuestra sociedad y su economía se van reflejando también aquí. Junto a la estufa aparecen refrigeradores, cocinas a gas e incluso microondas. El televisor se instala como un tótem tan destacado como la estufa. Los trabajadores de las industrias llegan con sus trajes de látex, con botas de gomas, con el paso de la modernidad pero, al igual que sus ancestros que vestían de lana, se arriman a los flojeros de las estufas y desde allí sueñan el futuro de cada día. Renato Cárdenas Álvarez Investigador / escritor

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