9 E n el fogón de Calen, mi aldea natal, la parturienta enterró la placenta y las prolongaciones que me dieron vida en el centro del fogón. Ceniza caldeada y fuego en un ritual tan antiguo como la humanidad. El fogón purificador; espacio de encuentro y acogida; refugio a pescadores isleños que capeaban los temporales -que hacían quercún- hasta que el tiempo les permitía retomar las rutas marinas. Fogón de los reitimientos , de carneos de chancho, de las roscas y sopaipillas. Era el mesón de la comida. Dormitorio de camastros y rústicos jergones. Desde el humo se contó el pasado, se fabuló el futuro y brotaron las utopías de la cotidianidad. El humo les ayudó a preservar los alimentos, a impermeabilizar sus techos, a dar sabor a papas y carnes. De a poco, durante el pasado siglo, esta estancia, heredera de la milenaria ruca mapuche, fue quedando relegada en las afueras. Sucia y algo abandonada, hoy bodega de papas, almacén de trastos, de aperos agrícolas y marinos; ahumadero de carnes y pescado, y fogón para cocinar alimentos de los animales. De vez en cuando un asado o un curanto invernal. El fogón fue encerrado en una estufa de fierro traída desde las estancias patagónicas. Las estufas DOVER redujeron los humos y el fuego fue introducido a la casa en un mueble. Acogida para las tempestades, las lluvias y el frío. Una matriz de 22 grados, temperatura ideal para el cuerpo. Yo nací en una cocina con estufa porque a mediados del siglo XX los campesinos, que representaban entonces más del 70% de la población insular, hacían esfuerzos por ‘modernizarse’ habilitando una pieza de la casa habitación e instalando estos pesados ‘muebles metálicos’ que les daba estatus. Su uso no era diario sino reservado a circunstancias especiales. Para el terremoto de 1960 gran parte de las familias chilotas poseían estas estufas que, al volcarse con el movimiento sísmico, dieron origen a grandes incendios, especialmente en Castro. Las dos ciudades -Ancud y Castro- fueron pioneras en introducir estas novedades, desde los albores del siglo XX. Los sectores rurales, tradicionalmente más conservadores, se darán tiempo para adquirirlas. La cocina ha sido para nuestra generación el sitio de la comida, del afecto familiar, del encuentro con los vecinos, apoyado con un trago de chicha, un mate, unos churrascos de masa en las interminables frituras. Se hizo más difícil en este medio continuar con el tropom de chuño , con la chuchoca de papas, con las tortillas y milcaos enterrados en el rescoldo. Pero se reinventaron cocinados en las nuevas tecnologías. Los ojos dejaron de llorar y las cataratas y otras afecciones del humo disminuyeron, pero las mujeres siguieron con su repertorio milenario de comidas a base de papas, mariscos, pescados y carnes de sus pequeños rebaños. Los huevos continuaron hirviéndose en el mismo tiempo que demora ‘El Credo’ en el rezo devoto de las cocineras. El altar de la fe cotidiana se sitúa en la cocina; en el silencio del hervor, el chilote lleva su fe hasta los detalles más privados de su cotidianidad. En la cocina vivimos los llantos y risas de la infancia; el lacrado de las encomiendas a los ausentes. La cocina de las tristezas y
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