217 CON EL DIABLO EN EL CUERPO El joven, sin cuestionarse que la medianoche era una hora muy extraña para hablar de negocios con un desconocido, acudió puntual a la cita en la casa de su patrón. “Acompáñame, mi amigo nos está esperando allá en la bodega”. Cuando llegaron, los esperaba de espaldas un caballero muy encachado, vestido completamente de negro, y cuando se dio vuelta para saludar, su sonrisa dejó entrever un brillante diente de oro. El joven atinó a arrancar, literalmente, como alma que se lleva el diablo. Al día siguiente, el patrón le reclamó: “Oye, Lucho, harto mal que me dejaste con mi amigo, ni siquiera le devolviste el saludo”. “No, no, no, don Ronald, con ese amigo suyo yo no quiero tener nada que ver”, le respondió. Y si bien continuó trabajando en ese fundo durante mucho tiempo, mantuvo la prudente distancia de su patrón, porque como dice el dicho, dime con quién andas y te diré quién eres. “Pasado el temporal, la hija menor de este funcionario contrajo una extraña enfermedad que, a los pocos días, la llevó a la muerte”.
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