227 CON EL DIABLO EN EL CUERPO cuando los vecinos vieron que, al poco tiempo, el gringo cosechaba grandes y suculentas hortalizas que se negaba a vender, argumentando que las guardaba para su propio gasto. Con el transcurso del tiempo, el gringo continuó trabajando la tierra y haciéndose de riquezas, lo que le permitió comprar más campos y edificar una nueva casa para su familia. Hasta aquí, parece un cuento con final feliz. Sin embargo, un día la esposa del gringo, desesperada, contó a sus vecinos el secreto que por tanto tiempo había ocultado: su marido había firmado un pacto con el diablo y solo faltaba una semana para que el plazo del contrato expirara. Por lo tanto, les pidió a los vecinos que la ayudaran velando en vida al gringo durante toda una noche y rezando para que pudiera conservar su alma. Incluso, ofreció importantes sumas de dinero como recompensa, pero ningún corajudo se ofreció, en parte por lo espeluznante de la tarea solicitada, en parte porque a nadie le caía en gracia el gringo. A falta de voluntarios que lo velaran en vida para engatusar al Mandinga y a solo un día para que expirara el pacto, el gringo agarró un revólver y se voló la tapa de los sesos. Sumida en la más profunda tristeza, la viuda solicitó a los vecinos que, al menos, acompañaran a su familia en la vigilia del finado hasta la medianoche. Algunos accedieron, pero conforme se hacía tarde, se fueron retirando hasta que la señora se quedó sola con dos niños. A las doce de la noche, cerca de la capilla escucharon el ruido de unas cadenas que se arrastraban por el piso, lo que provocó que los últimos deudos huyeran presos del espanto. Al día siguiente, entre varios vecinos tomaron el ataúd para sepultarlo en el camposanto y lo encontraron sorprendentemente liviano. A los pocos días, el vecindario se despertó entre gallos y medianera por el alboroto que provocaba un carruaje que avanzaba por la calle a gran velocidad, hasta detenerse en la casa del gringo, cosa que siguió sucediendo noche tras noche. Un día, el vecino de enfrente se quedó vigilando desde la ventana de su casa hasta que pasó el carruaje, lo que le hizo exclamar: “¡Virgen Santísima, esta es la casa del demonio!”. Corrió inmediatamente a describirle a su señora lo que había visto: una carroza tirada por dos imponentes corceles negros, que eran fustigados por el mismo diablo, dejando una estela de fuego y humo. Al interior del carruaje, iba el gringo sentado, todo colorado, como si fuese una brasa incandescente. A la mañana siguiente y ante el estupor del pueblo, el cura párroco organizó una numerosa procesión en la que se entonaron cantos y oraciones, asperjando agua bendita en los alrededores de la casa y transformando en cruces todos los postes de la ruta utilizada por el diablo. Después de este santo ritual, el carruaje maldito nunca más volvió a aparecer.
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