Página 38-39 - Revista Nuestra Tierra Nº 276

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Cuento
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sta historia le sucedió a mi padre Félix, a la edad de
nueve años, en la localidad de La Candelaria, Comuna
de Chépica, Región de O’Higgins. Cierto día, mi padre
fue a dejar un rebaño vacuno a Teno. Al regreso, empezó a
caer una niebla y comenzó a anochecer. Mi padre, un poco
asustado, continuó su marcha, hasta encontrar una abultada
roca que le sirvió de refugio. Mientras dormitaba, escuchó
varias veces un aullido lastimero y, de improviso, vio dos
hipnotizantes luces rojizas que se balanceaban al compás
de las ramas de un sauce.
-¿Quién… anda… ahí?, preguntó, pero no tuvo respuesta.
Volvió a preguntar y de los matorrales se desprendió una
sombra peluda que avanzó unos pasos, retrocedió y se alejó
rápidamente.
Al amanecer, Félix se dirigió a una casa cercana, donde un
hombre le abrió la puerta, lo miró con recelo, pero lo vio tan
desamparado que lo invitó a entrar.
Una vez repuesto, mi padre relató la experiencia vivida
al hombre y a su mujer, María, quienes le pidieron que no
propagara lo ocurrido, pues les afectaba a ellos mismos. Félix,
sorprendido, preguntó por qué, a lo que José, el dueño de casa,
le contó que esa figura era su hijo, Francisco, de 18 años.
El hombre le contó que cuando Francisco era un bebé le
hicieron un mal de ojo y que, a pesar de que lo llevaron
al médico y adonde una señora de la que se comentaba
curaba todos los males del cuerpo, el niño no se recuperó
totalmente, pues el mal de ojo que le habían lanzado era
muy fuerte.
LA APARICIÓN LUMINOSA
LUIS ARTURO IBARRA GONZÁLEZ
SAN FERNANDO,
REGIÓN DE O’HIGGINS
Francisco creció lentamente en el cuerpo, pero su cabeza
se negó a desarrollarle la inteligencia. Por circunstancias de
la vida, llegaron 2 linternas a manos de Francisco, con las
que jugaba a encenderlas y apagarlas. Un día, las ató con un
alambre y, por entretención, comenzó a ir a los cerros, donde
con las linternas alumbraba los matorrales y desde que
Francisco empezó a hacer eso, los lugareños comenzaron a
decir que en el monte andaban penando.
José contó del dolor que sentían al ver así a su hijo, que
habían tratado de dejarlo encerrado en su pieza, pero creían
que él no se merecía eso, pues no era un animal y, además,
nunca había herido a alguien.
Félix, al escuchar el relato, lloró. A su corta edad ya conocía
el sufrimiento humano. Luego, dio las gracias a la familia y
regresó a su hogar.
Tres meses más tarde, encontraron a Francisco muerto en
el cerro Las Pataguas. Dicen los curiosos que un insensato
peregrino, envalentonado por varias copas de licor, cargó su
escopeta y se internó en los matorrales de La Candelaria,
dispuesto a matar al peligroso animal.
Al conocer la noticia, Félix lloró amargamente y al otro día,
fue a casa de María y José para acompañar en el dolor a
quienes lo cobijaron una gélida mañana en la localidad de
La Candelaria.
* Extracto de historia ganadora del primer lugar nacional,
categoría Historias Campesinas, en la
19ª versión del
concurso Historias de Nuestra Tierra
, 2011.
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